Ensayo sobre la Revolución Humana. Por Cristian Errazuriz.

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Para todo budista, el epítome de su práctica, del camino que ha decidido recorrer, está representado por el concepto de la Iluminación. En ese sentido, la revolución humana vendría siendo, por definición, el proceso a través del cual podemos manifestar ese estado. Pero antes de desarrollar la reflexión a la que me ha llevado el tema quiero plantear algunas preguntas fundamentales con las que, frecuentemente, me he enfrentado durante mi práctica y con las que he visto a la mayoría de mis compañeros de fe enfrentarse al mismo tiempo. Estas preguntas tienen relación, precisamente con el concepto o idea de la Iluminación. Pareciera que nuestra configuración mental occidental nos ofrece una dificultad extra (a diferencia de un oriental familiarizado con estos conceptos) en la que inevitablemente terminamos asimilando la idea de Iluminación con el concepto de paraíso que nuestra cultura nos ha inculcado. Y a pesar de que constantemente se nos recuerda que la iluminación es un estado que podemos cultivar todos, sin excepción, muchas veces este concepto se nos esconde detrás de una cortina de humo apareciendo como algo alejado, a lo que “alguna vez” se podrá llegar. Quizá creemos que la vida de un “ser iluminado” es muy distinta a la nuestra, idealizando el concepto hasta el punto de escindirlo de nuestra experiencia perdiéndonos precisamente de eso, de la propia experiencia de la iluminación, yendo detrás de algo parecido a las zanahorias que cuelgan frente a los ojos de un burro para hacerlo correr.
Hace exactamente un año me dieron la oportunidad de exponer acerca de la Revolución Humana en un breve seminario sobre budismo que se dio en un instituto de idiomas. Hoy vuelvo a tener la oportunidad de hablar sobre el mismo tema en otro contexto. Al volver sobre el material que había preparado para la primera exposición me di cuenta que era necesario generar un material nuevo, no tanto porque en esta ocasión debía enfrentarme a una audiencia conformada exclusivamente por budistas miembros de la Soka Gakkai, familiarizados con el tema, sino porque mi propia apreciación sobre éste se veía sujeta a nuevas interrogantes, reflexiones y conclusiones en base a lo que mi experiencia me ha mostrado en este último año. Una nueva prueba de la infinitud de posibilidades que nos ofrece el estudio, que nunca se agota sobre sí mismo, lo cual me lleva a corroborar la importancia de este como pilar de la nuestra práctica. Y es que cuando pasamos de la primera instancia de estudio, aquella individual en la que nos situamos frente a un texto y tratamos de extraer alguna reflexión en torno a él, y pasamos a la etapa siguiente, en la que intentamos comunicarnos con otros en base a esas ideas, resulta inevitable remitirse a la propia experiencia para poder tener un asidero desde donde poder darle un contenido vivo a lo abstracto de las ideas escritas. No en vano se dice que la mejor forma de aprender es enseñando a otros; de ahí el tremendo valor que le atribuyo a la oportunidad de poder exponer acerca de alguno de los temas que nos convocan al estudio.
En esa secuencia de etapas en las que vamos profundizando nuestro estudio, llegamos entonces a lo que se conoce como el “Estudio Verdadero” , es decir, el poder comprender con la propia vida aquello que se ha aprendido (e intentado aprehender) llevándolo a la práctica y transformándolo en experiencia.
De lo anterior se desprende, entonces, uno de los principales factores que entra en juego en nuestro proceso de Revolución humana (y el único que nos servirá de puente entre lo abstracto y la experiencia directa): La acción.
Muchos de nosotros llegamos al budismo atraídos por el referente que tenemos en base a las imágenes del Buda Shakyamuni, donde lo vemos sentado en un estado de gran apacibilidad y sosiego y por ende relacionamos el budismo con una práctica más bien meditativa que pareciera llevarnos a dejar de lado los problemas que nos ofrece la vida mundana. Pero lo cierto es que la vida del príncipe Sidharta estuvo signada por la acción, el movimiento, la inquietud y fue precisamente, a través del enfrentarse a todo eso, que Shakyamuni logro cultivar un estado de calma que provenía desde su interior: había logrado comprender en profundidad las leyes que rigen toda la vida, no huyendo de ella sino estando inmerso en ella, fusionándose con esa realidad. De ahí que uno de los títulos honoríficos con los que se conoce al Buda sea “El Victorioso”. De la misma forma, la vida del Daishonin estuvo marcada por el movimiento y el caos exterior, a partir del cual pudo manifestar un estado de vida imperturbable en medio de todas sus circunstancias, cuyo grado de dificultad está en directa relación con el bien que pudo generar no solo para la nación de su época, sino para el mundo entero hasta el día de hoy.
El budismo plantea que la vida en si es una batalla constante: entre el caos y la armonía, la felicidad y el sufrimiento, la guerra y la paz, la creación y la destrucción, la luz y la oscuridad, el bien y el mal. Tendemos a pensar en estas polaridades como elementos separados y opuestos entre sí. Aquellos más relativistas los plantean como las dos caras de una moneda, por lo cual pareciera que todo depende del ángulo desde el cual uno observe un fenómeno. Por su parte el budismo ofrece una tercera visión: la de que cada uno de estos conceptos con su respectivo “opuesto” son en esencia manifestaciones de una misma cosa que es la realidad de la entidad de la vida, del mismo modo que el calor y el frio, por ejemplo, son manifestaciones de un mismo fenómeno que es la temperatura. Por lo tanto, desde la perspectiva del budismo, una buena persona no es aquella que ha erradicado el mal de su corazón, sino aquella que lucha constantemente contra él para generar el bien.
El presidente Ikeda pone como ejemplo de esto, la metáfora que hace un poeta de la India según la cual la relación entre el bien y el mal es como la de un río con sus márgenes: éstos oponen resistencia al río, pero al mismo tiempo son lo que definen su curso. Sin ellos el agua del rio se desbordaría sin llegar a ninguna parte. De la misma forma, es en los momentos de dificultad en los que podemos decidir el curso de nuestra existencia. Todo va a depender de la tenacidad de nuestra lucha, contra aquellos aspectos más oscuros o negativos de nuestro corazón.
Concebir la vida como una lucha o una batalla puede parecernos desalentador, especialmente para nosotros que vivimos inmersos en una cultura que promueve la comodidad, el esfuerzo mínimo y los resultados inmediatos. Quizá es por eso que pareciera que, deliberadamente, se busca disuadir a aquellos que tienen una idea sobre el budismo más cercana a lo que mencionaba anteriormente, advirtiéndoles que esta es una práctica “solo para valientes”. Nuestra experiencia del bien, de la felicidad (y, por ende, de la iluminación) está en directa medida con el esfuerzo que hagamos por hacer surgir ese bien dentro de nuestra vida. De la misma forma en que para hacer surgir la luz en medio de la oscuridad es necesario un trabajo, una energía. El esfuerzo en si mismo se transforma entonces en nuestra experiencia de la iluminación. Como señala el escritor japonés Haruki Murakami: “Aunque parezca un acto inútil, el esfuerzo que le pones se queda dentro de ti”.
Comprender lo anterior es de vital importancia en nuestro proceso de revolución humana, ya que dentro de este nos vemos constantemente tentados a caer en lo que en el último tiempo se ha denominado “Bypass espiritual”, el cual consiste en distorsionar los principios sobre los que se basa una determinada práctica religiosa con el fin de restarle importancia a los problemas mundanos. A menudo escucho a personas que al ser interrogadas sobre los motivos que los llevaron a querer aprender sobre budismo, responden: “estoy en busca de un camino espiritual”, manifestando con ello quizá una disociación entre los aspectos materiales y espirituales de la vida, llegando incluso a la idea de que, precisamente, todo aquello que nos hace humanos está lejos de pertenecer a ese ámbito. Con eso entonces empezamos a negar los aspectos de nuestra personalidad que nos parecen “poco espirituales” cayendo entonces en la evasión. Nada más lejano a lo que el budismo nos llama a hacer. Confundimos el desapego con el desinterés e incluso con la aversión, frustrándonos ante cualquier manifestación de nuestras necesidades como humanos.
Por otra parte, en este intento de asumir y aceptar nuestra humanidad, podemos caer en la tentación de volvernos autocomplacientes y asumir que como, incluso, los aspectos negativos forman parte de nuestra vida, entonces no es necesario hacer nada al respecto y decir: “Bueno, yo soy así, tengo que aceptarlo”. Ese no es más que el otro extremo del llamado Bypass espiritual.
La propuesta del budismo tiene relación con el acto de transformar, mediante el esfuerzo constante. Transformar el veneno en medicina, el karma en misión; son los preceptos que nos permitirán transitar el camino medio entre la total negación y la resignación pasiva de los aspectos que nos caracterizan como humanos, con el fin de poder llevar a cabo una práctica sin culpas y que nos permita desarrollar al máximo nuestro potencial inherente. Pero, sobre todo, transitando este camino con felicidad.
La importancia de este proceso radica no solo en el bienestar que esta transformación pueda aportar a nuestra vida, sino que de ello depende el bienestar de todo nuestro entorno, el cual puede abarcar incluso nuestro país y el mundo entero.
El concepto de revolución humana proviene del japonés Ninguen Kakumei. Ninguen significa “entre personas” y kakumei significa “revolución”. Las relaciones humanas parecen ser una de las principales fuentes de sufrimiento para las personas, pero precisamente en la complejidad de estas relaciones estriba el aprendizaje que, sobre nuestra propia vida, podemos desprender. Es en nuestra relación con el otro que llevamos a cabo nuestro proceso de crecimiento. Frecuentemente se utiliza el ejemplo de las papas que son puestas en un recipiente de forma que la fricción entre ellas permita que se limpien. Del mismo modo las relaciones nos ofrecen la posibilidad de pulirnos, ya que ellas son las causas externas que activaran aquello que hay dentro de nuestra vida causando una reacción determinada en nosotros.
Para concluir quisiera citar la reflexión que hace el presidente Ikeda en un ensayo sobre el mismo tema : “Las personas somos eso: seres humanos. Nadie puede ser “más que un ser humano”. Por ese motivo, lo importante es ser el mejor individuo que cada uno pueda ser. Alguien podrá adornarse con todos los atributos de la fama, los títulos académicos, el dinero o el conocimiento, pero si su vida es pobre por dentro, nada le hará olvidar su vacío y su fracaso como ser humano. Cuando nos despojan de todos los adornos externos y quedamos al descubierto, con el único atributo de nuestra condición humana, ¿qué clase de persona resultamos ser? La revolución humana es el desafío de transformar la vida en el nivel más esencial.”